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El Otro Marco

Si tu hermano

Hace algún tiempo acudí a Mateo 18 como guía para resolver un conflicto entre dos personas relativamente cercanas. Mientras lo hacía, tenía una certeza casi absoluta de que llegaríamos a un buen resultado.

Mi razonamiento parecía claro: estaríamos siguiendo la Palabra, comenzaríamos por una conversación entre las personas involucradas y les ofreceríamos la posibilidad de reconciliarse con discreción, sin exponer innecesariamente su conflicto.

Sin embargo, había un detalle que yo había pasado por alto. Las heridas eran tan profundas que aquellas personas apenas podían reconocerse como hermanos. Yo había prestado mucha atención a cómo debía ocurrir la conversación y muy poca a cómo se estaban mirando quienes debían sostenerla.

Son muchos los privilegios que recibimos al ser expuestos a la Palabra de Dios. Estoy convencido de su suficiencia. Aquella experiencia me llevó a revisar mi expectativa de obtener un resultado casi inmediato por el hecho de seguir los pasos que había identificado en el pasaje.

«Si tu hermano peca contra ti», dice Jesús. Mi atención volvió entonces a esas primeras palabras: tu hermano. La persona que había causado dolor seguía siendo alguien a quien se buscaba recuperar. Ese vínculo daba sentido a la conversación. Mateo 18:15–17.

Sigo pensando que acudir a ese pasaje fue acertado. También entiendo que reconocer al otro como hermano puede resultar especialmente difícil cuando su conducta nos ha herido. El dolor puede ocupar tanto espacio que terminemos viendo a la persona únicamente a través de lo que nos hizo.

Recordar nuestra condición de hermanos merece, por eso, un lugar en la preparación de esa conversación. Puede cambiar cómo escuchamos, qué buscamos al corregir y qué estamos dispuestos a reconocer de nuestra propia conducta.

Eso tampoco garantiza una reconciliación inmediata. El mismo pasaje contempla la posibilidad de que alguien no escuche y de que sea necesario acudir a otros y, después, a la iglesia. Mi confianza en un buen desenlace necesitaba tener presente también esa posibilidad.

Soy consciente de lo difíciles que pueden ser las relaciones y de cuán opuestos pueden resultar nuestros caracteres. Hay heridas que necesitan tiempo y conversaciones que requieren ayuda. Reconocer al hermano también exige tomar en serio el daño y la responsabilidad de quien lo causó.

No ignores el dolor. No lo minimices ni evites la conversación difícil. Al prepararte para hablar, recuerda también a quién tienes delante: alguien que, por la sangre de Jesús, ha sido constituido tu hermano.

Que el deseo de corregirlo conserve el deseo de recuperarlo.