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Cultura y sociedad

Aunque no los conozcas, ya vives entre bonos


Bonos del Tesoro de Estados Unidos y su influencia en la economía mundial

Por YJ. Montenegro — Lentes Prestados

Puede que te resulte absurdo pensar en el liderazgo de Estados Unidos. Es comprensible que no te identifiques con la historia de esa nación, con su política exterior ni con la manera en que utiliza su poder. Esa distancia es una decisión individual.

Lo que no podemos decidir es vivir completamente fuera de la influencia de su economía.

La encontramos en el precio del dólar, en el petróleo, en los productos importados, en el costo del crédito y en los movimientos de capital que llegan o dejan de llegar a nuestros países. La intensidad cambia. La presencia permanece.

En esta ocasión quiero acercar la mirada a uno de los mecanismos menos conocidos de esa influencia. No suele aparecer en las conversaciones familiares. No tiene la visibilidad de Wall Street ni el dramatismo de una caída bursátil. Sin embargo, ayuda a financiar el funcionamiento del Gobierno estadounidense, sirve de refugio para los ahorros de millones de personas y ocupa un lugar central en las reservas de bancos centrales de todo el mundo.

Hablo de los bonos del Tesoro.

Puede que no sepas exactamente qué son.

Pero ya están en tu vida.

Cuando un gobierno pide prestado

Un bono del Tesoro es, en esencia, una promesa.

El Gobierno de Estados Unidos necesita dinero para pagar programas, salarios, infraestructura, defensa y muchas otras obligaciones. Como sus ingresos no alcanzan para cubrir todo lo que gasta, pide prestado. Lo hace vendiendo títulos a inversionistas, bancos, fondos, empresas, gobiernos extranjeros e incluso ciudadanos comunes.

El acuerdo es sencillo: alguien entrega dinero hoy y el Tesoro se compromete a devolverlo más adelante, con intereses.

No todos esos títulos son iguales. Las letras del Tesoro vencen en periodos que van desde pocas semanas hasta un año. Las notas se emiten a plazos de entre dos y diez años. Los bonos, en el sentido técnico, llegan a veinte o treinta años. También existen títulos protegidos contra la inflación y otros con tasa variable.

En la conversación cotidiana solemos llamar «bonos del Tesoro» a casi toda esa familia. La diferencia de nombres importa para los especialistas, pero la lógica de fondo es la misma: son distintas formas de prestarle dinero al Gobierno estadounidense.

El Tesoro los vende mediante subastas. Después pueden comprarse y venderse en un mercado secundario. Esa facilidad para convertirlos en dinero, unida a la capacidad económica y tributaria de Estados Unidos, ha permitido que durante décadas sean tratados como uno de los activos más seguros y líquidos del planeta.

Ese prestigio tiene una consecuencia enorme: Estados Unidos puede financiarse en su propia moneda y, durante mucho tiempo, hacerlo a costos más bajos que casi cualquier otro país.

La tubería detrás de la pared

Los bonos del Tesoro se parecen a esas tuberías que atraviesan una casa. Nadie habla de ellas mientras el agua corre. Solo descubrimos cuánto dependemos de su funcionamiento cuando algo empieza a fallar.

No sirven únicamente para financiar a Washington.

Los bancos los utilizan como activos líquidos. Los fondos de pensiones y de inversión los mantienen en sus carteras. Los bancos centrales los guardan como parte de sus reservas. En numerosos contratos funcionan como garantía. Sus rendimientos sirven de referencia para calcular el precio de otros riesgos.

Cuando una empresa quiere emitir deuda, el mercado suele partir del rendimiento de un título del Tesoro con un plazo comparable y añadir una prima por el riesgo adicional. Algo semejante ocurre con hipotecas, bonos municipales y múltiples préstamos de largo plazo. El Tesoro no fija directamente cada tasa que paga una familia, pero ofrece el piso sobre el cual se construyen muchas de ellas.

Por eso sus movimientos viajan.

Si los bonos estadounidenses ofrecen un rendimiento mayor, parte del capital global puede decidir que ya no necesita asumir tantos riesgos en otros lugares. Los países emergentes tienen entonces que ofrecer mejores retornos para conservar inversiones. Sus monedas pueden sentir presión. Financiar gobiernos y empresas puede resultar más caro. Los bancos centrales locales quedan ante decisiones incómodas: proteger la moneda, contener la inflación o evitar que el crédito se enfríe demasiado.

Un movimiento ocurrido en una pantalla de Nueva York puede terminar apareciendo en la cuota de un préstamo, en el presupuesto de una empresa peruana o en el precio de un producto importado.

No sucede de forma automática ni con la misma intensidad en todos los países. Importan la solidez de cada economía, sus reservas, su inflación, su moneda y la confianza que inspire. Pero la conexión existe.

Seguridad no significa inmovilidad

Aquí aparece una confusión frecuente.

Decir que un bono del Tesoro es considerado seguro no significa que su precio nunca baje. Significa, principalmente, que el mercado atribuye una probabilidad muy alta a que el Gobierno pague lo prometido en dólares al vencimiento.

Si alguien compra un bono que paga 3 % y, meses después, los nuevos bonos ofrecen 5 %, el título anterior pierde atractivo. Para venderlo antes del vencimiento, probablemente tendrá que aceptar un precio menor. Por eso el precio de los bonos y su rendimiento se mueven en direcciones opuestas.

Esta relación permite escuchar lo que el mercado está diciendo.

Cuando los inversionistas exigen rendimientos más altos, pueden estar anticipando inflación, tasas de la Reserva Federal más elevadas, un crecimiento económico fuerte o una mayor cantidad de deuda disponible. También pueden estar pidiendo una compensación adicional por la incertidumbre de mantener un título durante muchos años.

No toda subida de los rendimientos constituye un voto de desconfianza contra Estados Unidos. A veces refleja una economía resistente. A veces responde a la política monetaria. A veces incorpora temor a la inflación.

El problema aparece cuando esas fuerzas se encuentran con un Gobierno que necesita pedir prestado cada vez más.

La cifra que ya no cabe en la imaginación

Al 11 de septiembre de 2026, la deuda federal bruta de Estados Unidos superaba los 40,05 billones de dólares —trillion en inglés—. De esa cantidad, unos 32,36 billones correspondían a deuda en manos del público; el resto eran obligaciones entre cuentas del propio Gobierno.

El número impresiona, pero por sí solo explica poco. Un país grande puede sostener más deuda que uno pequeño. Por eso también importa compararla con el tamaño de la economía, observar cuánto cuesta pagar los intereses y preguntarse si la deuda crece más rápido que la capacidad de financiarla.

Ahí comienzan las preocupaciones serias.

La Oficina de Presupuesto del Congreso proyectó para 2026 un déficit federal de 1,9 billones de dólares y una deuda en manos del público equivalente a aproximadamente el 101 % del producto interno bruto. Si las leyes vigentes no cambian, esa relación llegaría al 120 % en 2036, por encima del máximo registrado después de la Segunda Guerra Mundial.

La factura de intereses también importa. El Gobierno destinaría más de un billón de dólares netos a intereses en 2026. Para 2036, la cifra podría superar los dos billones anuales.

Ese dinero no desaparece: se convierte en ingreso para quienes poseen los títulos. Pero para el presupuesto federal representa recursos que ya no pueden utilizarse en otras prioridades sin recaudar más, recortar gastos o volver a pedir prestado.

La deuda empieza entonces a producir una dinámica incómoda. Se emiten nuevos títulos para cubrir déficits y refinanciar obligaciones que vencen. Si las tasas son más altas, reemplazar deuda antigua cuesta más. El pago de intereses aumenta el déficit. Y un déficit mayor obliga a emitir todavía más deuda.

No es necesariamente una crisis inmediata.

Sí es una trayectoria que reduce el margen para responder a la próxima crisis.

El pero

Los bonos del Tesoro tienen una virtud que pocos activos pueden ofrecer: detrás de ellos existe el Gobierno que emite la moneda más utilizada del mundo, dirige una de sus economías más productivas y recauda impuestos sobre una base enorme.

También tienen un pero.

Su seguridad descansa en la confianza de que Estados Unidos conservará esas capacidades y no las tratará como un recurso político inagotable.

La Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno estadounidense reconoce que las subastas continúan atrayendo demanda suficiente. No estamos ante una estampida general de compradores. En el primer trimestre de 2026, el dólar todavía representaba cerca del 57 % de las reservas internacionales de divisas identificadas por el Fondo Monetario Internacional.

Pero la misma oficina advierte tres riesgos: una trayectoria fiscal insostenible, los enfrentamientos políticos alrededor del límite de la deuda y una posible erosión gradual del papel internacional del dólar. No hace falta que otra moneda sustituya por completo al dólar para que cambien las condiciones. Basta que algunos compradores estén menos dispuestos a aumentar sus tenencias o que exijan una rentabilidad mayor.

En 2013, los inversionistas extranjeros poseían aproximadamente el 49 % de los títulos del Tesoro en circulación. En septiembre de 2025, esa participación había bajado a cerca del 33 %, aunque el monto absoluto siguió creciendo. La diferencia la han cubierto, entre otros, fondos de inversión, fondos monetarios y otros compradores privados.

El cambio no significa que el mundo haya abandonado a Estados Unidos. Significa que la composición de quienes lo financian está cambiando. Un banco central que busca reservas estables no se comporta necesariamente igual que un fondo que busca rendimiento y puede mover su dinero con rapidez.

La confianza no desaparece de un día para otro. Primero cambia de precio.

Cuando el refugio empieza a costar más

El 11 de septiembre de 2026, el rendimiento de referencia del Tesoro a diez años se situó en 4,96 % y el de treinta años en 5,35 %. Esos niveles no anuncian por sí solos una catástrofe, pero sí muestran que financiar el largo plazo cuesta bastante más que durante los años de tasas extraordinariamente bajas.

El propio comité que asesora al Tesoro estimó en agosto que, si se mantienen los tamaños actuales de las subastas y la oferta de letras, las necesidades previstas de financiamiento privado dejarían un faltante de 1,45 billones de dólares durante los años fiscales 2027 y 2028. Sus miembros consideran probable que las emisiones de notas y bonos tengan que aumentar en 2027.

Esto obliga a una pregunta que trasciende a cualquier presidente.

¿Cuánto tiempo puede un país ampliar su deuda sin que quienes la compran empiecen a pedir condiciones más costosas?

Estados Unidos posee ventajas que ningún otro país reúne en la misma escala: una economía enorme, mercados profundos, instituciones financieras desarrolladas, poder militar, capacidad de innovación y una moneda que continúa en el centro del sistema. Compararlo mecánicamente con una familia o con un país que se endeuda en moneda extranjera conduce a errores.

Pero afirmar que su posición es excepcional no equivale a decir que carece de límites.

El privilegio del dólar reduce el precio de la deuda. No elimina la aritmética.

No es un problema lejano

Puede que nunca compres directamente un título del Tesoro. Quizá tu fondo de inversión sí lo haga. Tal vez el banco donde guardas tus ahorros los utilice. Es probable que el banco central de tu país mantenga activos denominados en dólares. La empresa que te emplea puede financiarse tomando como referencia sus rendimientos. El gobierno bajo el que vives compite por capital en un mercado donde Estados Unidos ofrece una alternativa considerada más segura.

Por eso la deuda estadounidense no es solo una discusión doméstica entre republicanos y demócratas.

Si Washington paga más para conseguir dinero, esas tasas pueden elevar el costo del capital en otros lugares. Si la inquietud fortalece al dólar, los productos importados y las deudas denominadas en esa moneda pueden encarecerse. Si debilita al dólar, cambian las reservas, el comercio y el valor de los ahorros. Si una disputa sobre el límite de la deuda amenaza la puntualidad de los pagos, la incertidumbre alcanza al activo que el sistema utiliza precisamente para medir la seguridad.

La paradoja es notable: buena parte del mundo guarda sus reservas en promesas emitidas por el mismo Gobierno cuya disciplina fiscal comienza a preocuparle.

No hay contradicción completa. Un activo puede continuar siendo el refugio más sólido disponible y, al mismo tiempo, estar volviéndose más costoso y menos indiscutible. La pregunta relevante no es si mañana dejarán de existir los bonos del Tesoro. Es cuánto tendrá que pagar Estados Unidos para que el mundo continúe comprándolos y qué efectos tendrá ese precio sobre todos los demás.

La confianza también paga intereses

Durante décadas, Estados Unidos ha podido convertir su influencia económica en capacidad de financiamiento. El mundo necesita dólares. Los bancos centrales necesitan reservas. Los mercados necesitan activos líquidos. Los inversionistas necesitan una referencia. El Tesoro ofrece todo eso y recibe a cambio algo extraordinario: millones de compradores dispuestos a financiar al Gobierno estadounidense.

Ese intercambio no es un acto de admiración.

Es una relación de confianza e interés.

Quien compra un bono no vota a favor de la historia de Estados Unidos, ni aprueba su política exterior, ni adopta su cultura. Evalúa si recibirá su dinero, si podrá vender el título cuando lo necesite y si la rentabilidad compensa el riesgo.

Por eso puedes no sentir ninguna cercanía con esa nación y continuar viviendo bajo la influencia de sus promesas: están en el dólar con el que se cotiza el petróleo, en la tasa que mueve capitales, en las reservas que protegen una moneda y en el crédito que se abarata o se encarece según lo que ese Gobierno lejano logre convencer a alguien de prestarle en la próxima subasta.

Puede que no conozcas los bonos del Tesoro.

Ellos, de alguna manera, ya conocen tu bolsillo.


Fuentes consultadas