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El Otro Marco

EL CAMINO DE LA PAZ PROMETIDA

Hay carreteras en las que uno sabe que se está acercando sin haber visto todavía el destino.

Durante años, en los viajes hacia La Habana, la ciudad comenzaba mucho antes de que aparecieran sus edificios. Primero era apenas un cartel al borde de la carretera: La Habana, 200 kilómetros. Después otro. Cien. Cincuenta. Treinta.

La ciudad seguía sin verse, pero algo había cambiado.

Las señales decían que íbamos bien.

Quizá la vida espiritual se parece más a eso de lo que solemos admitir. Uno quisiera despertar un día y descubrir que finalmente llegó: que ya no teme, que ya no duda, que ya no pierde la paciencia, que las malas noticias no le alteran el pulso y que ninguna incertidumbre consigue robarle el sueño.

Pero casi nunca ocurre así.

La transformación suele llegar en señales pequeñas.

Una reacción distinta.

Una oración que antes no habríamos hecho.

Una gratitud que aparece cuando todavía quedan razones para quejarse.

Una paz extraña en un día que, visto desde fuera, no tiene ninguna razón para ser pacífico.

Pablo escribió sobre esa paz desde uno de los lugares menos apropiados para hablar de tranquilidad.

Una prisión.

No estaba frente al mar, descansando después de una larga temporada de ministerio. No escribía desde una casa silenciosa ni desde una etapa particularmente cómoda de su vida. Estaba preso. Y desde allí escribió a los filipenses una de las frases más desconcertantes del Nuevo Testamento:

“Regocijaos en el Señor siempre.”

Siempre.

La palabra resulta incómoda precisamente porque Pablo sabía lo que estaba diciendo.

También sabía que la paz puede romperse mucho antes de que llegue una tragedia. A veces basta una discusión. Un resentimiento pequeño. Dos personas que aman a Dios pero han dejado de entenderse.

Por eso, casi al final de su carta, menciona por nombre a Evodia y Síntique, dos mujeres que habían servido en la iglesia y que ahora estaban enfrentadas.

Es un detalle profundamente humano.

Antes de hablar de la paz que supera todo entendimiento, Pablo habla de dos personas que no consiguen ponerse de acuerdo.

Tal vez porque la paz espiritual nunca es una idea abstracta. Se prueba en la sala de la casa, en el matrimonio, en el trabajo, en una conversación incómoda, en aquello que pensamos mientras nadie nos escucha.

Y entonces Pablo comienza a colocar señales en la carretera.

La primera parece sencilla:

“El Señor está cerca.”

Quizá toda la ruta dependa de recordar eso.

No que los problemas estén lejos.

Que Dios está cerca.

Hay una diferencia enorme.

La fe cristiana nunca prometió una existencia sin hospitales, cuentas difíciles, despedidas, incertidumbres o noches en las que la cabeza se niega a apagarse.

Prometió otra cosa:

presencia.

Y desde esa certeza aparece la siguiente señal:

“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.”

El afán tiene una característica curiosa: produce muchísimo movimiento sin garantizar ningún avance.

Se parece a una mecedora.

Uno puede pasar horas moviéndose y terminar exactamente en el mismo sitio.

La cabeza también sabe hacer eso.

Repasa conversaciones.

Ensaya tragedias que todavía no han ocurrido.

Construye respuestas para preguntas que nadie ha hecho.

Calcula todas las maneras posibles en que algo puede salir mal.

Y acaba exhausta.

Pablo propone un movimiento distinto.

Orar.

Pedir.

Agradecer.

La gratitud resulta especialmente extraña en esa lista porque parecería pertenecer al final de la historia.

Primero se resuelve el problema y después uno agradece.

Pero Pablo invierte el orden.

Agradece mientras todavía estás pidiendo.

Tal vez porque agradecer es una manera de recordar.

Cuando el futuro se vuelve incierto, la memoria puede convertirse en una forma de fe.

Recordar aquella puerta que se abrió.

Aquella provisión que llegó.

Aquella enfermedad que pudimos atravesar.

Aquella noche que parecía interminable y finalmente terminó.

La gratitud no niega el problema.

Simplemente se niega a permitir que el problema sea la única historia que recordamos.

Y entonces aparece la promesa:

“Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.”

No dice que entenderemos todo.

Dice que tendremos paz aun cuando no podamos entender.

Hay una clase de tranquilidad que depende de las circunstancias.

La cuenta está pagada.

El examen salió bien.

El médico dio buenas noticias.

Los hijos están bien.

La relación funciona.

Dormimos tranquilos porque el mundo, por unas horas, parece estar en orden.

Pero Pablo habla de otra paz.

Una que puede aparecer cuando todavía existen preguntas.

Una paz que, desde afuera, incluso parece absurda.

Porque no nace de haber controlado la situación.

Nace de saber en manos de quién está la situación.

Pablo utiliza además una palabra extraordinaria.

Dice que esa paz guardará el corazón y los pensamientos.

La imagen es militar.

Un centinela.

Un soldado parado frente a una puerta.

Es difícil no imaginar que Pablo conocía bien aquella escena. Un hombre encarcelado sabía perfectamente qué significaba estar custodiado.

Y quizá miró alguna vez al guardia romano junto a él y comprendió que la paz de Dios podía hacer exactamente aquello dentro del alma:

montar guardia.

No impedir que el miedo toque la puerta.

Impedir que gobierne la casa.

Porque sentir miedo y ser gobernado por el miedo no son la misma cosa.

Después Pablo llega a uno de los territorios más descuidados de la vida espiritual:

la mente.

“Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable… en esto pensad.”

Dicho en palabras de calle:

hay que aprender a pensar mejor.

No todo pensamiento merece hospedaje.

No toda preocupación merece convertirse en profecía.

No toda sospecha merece ser alimentada.

No toda noticia merece ocupar nuestra cabeza durante horas.

Vivimos expuestos a una cantidad de ruido que probablemente Pablo nunca habría podido imaginar.

Pantallas.

Mensajes.

Tragedias en tiempo real.

Opiniones.

Rumores.

Comparaciones.

Historias de desconocidos entrando cada pocos segundos en nuestros ojos.

Después nos sorprende descubrir que no tenemos paz.

Pero una mente también tiene dieta.

Y Pablo propone un filtro.

¿Es verdadero?

¿Es justo?

¿Es puro?

¿Es amable?

¿Hay algo bueno que pueda reconocerse allí?

No se trata de vivir ingenuamente ni de ignorar la oscuridad.

Se trata de no darle a la oscuridad el monopolio de nuestra atención.

Y todavía falta una última señal.

Pablo no termina diciendo solamente:

piensen.

Dice:

hagan.

“Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced.”

Porque hay verdades que solo entendemos cuando comenzamos a practicarlas.

Podemos escuchar cien mensajes sobre el perdón y seguir presos del rencor.

Leer veinte libros sobre la oración y seguir sin orar.

Subrayar versículos sobre la paz y continuar alimentando cada día aquello que nos roba la paz.

La fe cristiana nunca fue diseñada únicamente para ser admirada.

Fue diseñada para ser vivida.

Y entonces Pablo cierra el recorrido con una diferencia pequeña en palabras, pero inmensa en significado.

Primero había prometido:

la paz de Dios.

Ahora promete:

el Dios de paz estará con vosotros.

Quizá ese sea el verdadero destino.

No una vida permanentemente tranquila.

No una existencia donde finalmente conseguimos controlar todo.

No un mundo sin malas noticias.

Algo mejor.

Dios caminando con nosotros.

Volvamos entonces a la carretera.

Tal vez algunos todavía sentimos que estamos demasiado lejos.

Seguimos luchando con preocupaciones antiguas.

Todavía reaccionamos como no quisiéramos.

Todavía hay noches en que la mente corre más rápido que nuestra fe.

Pero quizá conviene mirar nuevamente a los lados.

Puede que haya señales.

Antes te desesperabas y ahora oras.

Antes solo veías lo que faltaba y ahora consigues agradecer algo.

Antes cualquier pensamiento podía instalarse durante días y ahora has comenzado a preguntarte si es verdadero.

Antes necesitabas que todo estuviera bien para sentir paz y ahora, inexplicablemente, has conocido momentos de calma en medio de cosas que siguen estando mal.

No has llegado.

Pero estás viendo los carteles.

Y cuando las señales comienzan a aparecer, aunque el destino todavía no se vea, uno puede seguir conduciendo con una certeza:

vamos por el camino correcto.

La paz prometida quizá no sea el final de los problemas.

Quizá sea descubrir, kilómetro a kilómetro, que nunca hemos estado recorriendo solos la carretera.