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Cultura y sociedad

El hombre que llegó en lugar del héroe

Lo primero que sorprendió fue su cuerpo.

Joven, atlético, inquieto. Después de cinco años de prisión, Luis Manuel Otero Alcántara apareció en el aeropuerto de Miami con una energía que contradecía la imagen solemne que muchos habíamos construido durante su ausencia.

No llegó envejecido de golpe ni convertido en una figura grave, dueña de una frase perfecta para cada cámara. Tampoco parecía dispuesto a representar el papel del mártir contenido que algunos esperaban.

Por aquella puerta no entró una estatua.

Entró un muchacho del barrio.

Después vino la explosión: los gritos, los teléfonos levantados, las cámaras abriéndose paso, las preguntas lanzadas desde todas partes. Un grupo numeroso de cubanos y de medios lo esperaba. Algunos querían abrazarlo. Otros querían escucharlo. Muchos necesitaban comprobar que aquel hombre que durante años había sido noticia, símbolo, consigna y ausencia estaba finalmente allí.

Luis Manuel reaccionó con el cuerpo entero. Sonrió, habló, abrazó, improvisó. Por momentos parecía querer responder a todos al mismo tiempo. Había alegría en sus gestos, pero también algo difícil de nombrar: el desconcierto de quien acaba de atravesar una puerta y descubre que del otro lado lo espera un país completo haciendo preguntas.

Era demasiado para un solo hombre.

Durante cinco años, otros habían hablado por él. Defendieron su nombre, interpretaron sus silencios, denunciaron su encarcelamiento e imaginaron su regreso. Mientras permanecía preso, construimos también una versión de Luis Manuel: el artista perseguido, el disidente, el preso político, el símbolo de una resistencia.

Pero nadie sale de una prisión preparado para representar inmediatamente al personaje que los demás fabricaron durante su ausencia.

Mientras una parte del exilio esperaba al héroe, por aquella puerta apareció el hombre.

Yo había intentado escribir sobre él antes de su llegada. Lo hice cuando fue sacado de la prisión y durante varios días no hubo claridad sobre su paradero. Después supimos que permanecía bajo custodia estatal, todavía sin ser completamente libre y a la espera de una salida que terminaría conduciéndolo al exilio.

También intenté escribir después de verlo en Miami. Acumulé frases, apuntes y comienzos que no llegaron a ninguna parte. Algo me detenía. Necesitaba alejarme del ruido, de las reacciones inmediatas y de esa obligación tan nuestra de opinar antes de haber comprendido.

Quizás necesitaba aceptar que el hombre que llegó no tenía por qué coincidir con el que yo había imaginado.

Luis Manuel es un artista de enorme sensibilidad, comprometido con su obra y con la causa que decidió defender. Puede ser lúcido, profundo, enfocado y coherente. También puede ser impulsivo, contradictorio y políticamente torpe.

Tiene la ocurrencia precisa y la ocurrencia fuera de tiempo.

Carga sobre los hombros el peso de un país, pero conserva la alegría del barrio. En algunas de sus intervenciones he creído reconocer una ingenuidad política que contrasta con la lucidez de su obra. No lo digo como una condena, sino como parte de una contradicción que también lo hace humano.

Tal vez eso sea lo que más incomoda.

Hemos aprendido a exigirles a nuestros héroes una perfección que nunca les exigimos a las personas. Queremos que el preso liberado salga de la cárcel con el discurso preparado. Que sepa qué decir, cuándo decirlo y delante de qué cámara. Que agradezca de la manera correcta. Que no contradiga la imagen que construimos de él mientras estaba encerrado.

Queremos recibir al hombre, pero exigimos que se comporte como monumento.

Algunos esperaban a un dirigente. Otros, a un mártir. Otros necesitaban un héroe disciplinado, predecible y sin fisuras.

Pero Luis Manuel llegó siendo Luis Manuel.

Y quizás ahí comienza la parte más difícil de esta historia: aceptar que la libertad también incluye el derecho a decepcionar las expectativas de quienes la reclamaron para nosotros.

Esto no significa justificar cada palabra ni renunciar al pensamiento crítico. Comprender el contexto no obliga a la indulgencia. Significa, apenas, detenernos antes de dictar sentencia.

Cinco años de encierro no preparan a nadie para una multitud. Tampoco enseñan a enfrentarse a las cámaras, a las sospechas, a los entusiasmos ni a las exigencias de una comunidad que ha depositado sobre un solo cuerpo buena parte de sus frustraciones.

Salir de una cárcel no equivale a quedar inmediatamente en libertad.

A veces, alrededor del preso liberado comienzan a levantarse otros barrotes: los del comportamiento esperado, la declaración correcta, el gesto oportuno y la gratitud obligatoria.

La cárcel política exige obediencia.

La cárcel del símbolo exige perfección.

Ambas olvidan que dentro del preso, del artista, del disidente y del héroe continúa viviendo una persona.

Pero esta no es únicamente una descripción de Luis Manuel Otero Alcántara. Es también una radiografía del cubano de este tiempo.

Un ser humano intenso, contradictorio, herido, alegre y desconfiado. Alguien capaz de resistir durante años y tropezar después con sus propias palabras. Alguien que acierta, se equivoca, improvisa y vuelve a intentarlo.

Luis Manuel se parece más a nosotros de lo que estamos dispuestos a reconocer.

Tiene nuestra resistencia y nuestra torpeza. Nuestra alegría fuera de tiempo. Nuestra facilidad para convertir el dolor en chiste y el chiste en una nueva polémica. Nuestra costumbre de hablar antes de haber terminado de pensar. Nuestra necesidad de ser libres y, al mismo tiempo, nuestra insistencia en decirles a los demás cómo deben ejercer su libertad.

Por eso prefiero mirarlo con prudencia, como quisiera que otros fueran prudentes al mirarme a mí.

No desde la admiración ciega ni desde la condena inmediata. No desde el entusiasmo obligatorio ni desde el juicio apresurado. Prefiero mirar al hombre completo: su obra, su sacrificio, sus aciertos, sus conflictos y sus contradicciones.

Porque Cuba no es una abstracción ni una bandera desplegada en un aeropuerto.

Cuba es Luis Manuel.

Cuba es la multitud que fue a recibirlo.

Cuba es el hombre que llega y el grupo que, apenas lo abraza, comienza a examinarlo.

Cuba somos nosotros: celebrando al héroe, juzgando al hombre y evitando reconocer cuánto se parece a nosotros.