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IA y condición humana

IA y educación personalizada: saber qué pedir a una máquina

Una educación personalizada con IA valdrá la pena si ayuda a formular lo que uno busca, y no solo a recibir respuestas rápidas. Una reflexión a partir de un nombre que ChatGPT no supo encontrar.

Le pedí a ChatGPT el nombre de una institución y ninguna propuesta me sirvió. Lo que faltaba era una intención que yo todavía no sabía formular.

Hace unos días intenté que ChatGPT me ayudara a encontrar un nombre para una institución. Las propuestas me parecieron previsibles y ninguna decía lo que yo tenía en mente. Reconozco que tampoco había formulado la mejor instrucción.

El episodio no demuestra que la IA sea incapaz de crear. Me mostró otra cosa: yo buscaba un nombre que condensara una visión, una identidad y un propósito que todavía me costaba expresar, y eso no podía pedírselo a nadie, ni a una máquina ni a una persona, antes de saber yo mismo qué quería. La máquina respondió a lo que le pedí. Lo que no pude entregarle fue una intención que aún no tenía formulada.

Me preguntaron cuál sería el hito que más espero de la IA, y respondí que una educación personalizada: una tutoría capaz de explorar las preguntas de cada persona, reconocer sus dificultades y acompañarla, al alcance de quienes nunca tuvieron algo así. La escena del nombre me deja, sin embargo, una condición. Esa tutoría valdrá la pena si ayuda a formular lo que uno busca, y no solo si responde rápido. Disponer de respuestas no equivale a comprender, y generar opciones no sustituye el criterio para valorarlas.

Hay un riesgo que conviene decir. Una tutoría siempre disponible puede quitarle al estudiante el esfuerzo que aprender exige: quedarse con una pregunta, equivocarse, volver a empezar. Si eso ocurre, tendremos mejores respuestas y menos gente capaz de juzgarlas.

Me preocupa, además, que ya estuviéramos descuidando esas capacidades antes de ChatGPT. [Los resultados de PISA 2025](ENLACE: tu ensayo sobre PISA) apuntan en esa dirección, al menos en lectura y matemática, donde el descenso desde 2015 precede a los chatbots. PISA no mide curiosidad ni pensamiento crítico; lo que digo sobre ellas es una lectura mía.

Soy optimista sobre lo que la IA puede hacer por el acceso al conocimiento y por el ritmo de los descubrimientos. Mi esperanza mayor es más modesta: que nos obligue a cultivar con más intención la mirada propia, la experiencia vivida y la responsabilidad por lo que decidimos. Eso no ocurrirá solo. Dependerá de lo que enseñemos y de lo que le pidamos a estas herramientas.

Sigo sin el nombre. Lo que me llevé de esa conversación fue otra cosa: antes de pedirle algo a una máquina, conviene saber qué se busca.