
Confieso que hay algo en MAGA que me gusta. No necesariamente Donald Trump, ni todo lo que cabe bajo esas cuatro letras impresas en una gorra roja. Me gusta la idea: Make America Great Again. Hacer grande otra vez a Estados Unidos.
Para alguien que creció lejos de ese país, pero bajo la sombra de su influencia, la frase tiene algo seductor. Crecimos mirando a Estados Unidos como el lugar donde parecían suceder las cosas importantes: de allí venían las películas, las universidades, los inventos, los presidentes capaces de alterar la historia de otros continentes, las empresas que cambiaban nuestra manera de vivir. Era una referencia inevitable —admirada a veces, discutida otras, pero casi nunca ignorada.
América era grande. O al menos así la veíamos.
El problema comienza cuando uno intenta definir la palabra. Porque Trump y yo podemos emocionarnos con la misma consigna y estar pensando en países distintos. Una cosa es hacer poderoso a un país. Otra, muy distinta, es hacerlo grande.
Mi idea de la grandeza estadounidense nunca estuvo asociada solamente al tamaño de su economía, a sus portaaviones o a su capacidad de imponer condiciones. Había otra cosa, más difícil de medir y quizá más poderosa: medio mundo quería llegar allí. Llegaban científicos, obreros, refugiados; personas que no podían pensar, creer o prosperar con libertad en sus propios países. Estados Unidos tenía esa rara capacidad de absorber talento extranjero y terminar llamándolo talento americano.
Había, además, una promesa —real unas veces, exagerada otras, pero lo bastante fuerte como para cruzar fronteras: alguien podía llegar con poco y construir mucho. Un país no demuestra su grandeza solamente cuando los demás le temen. También cuando quieren parecerse a él.
Ahí es donde MAGA empieza a complicarse.
America First y el precio de los principios
Donald Trump ha construido buena parte de su proyecto político alrededor de una idea bastante clara: America First. Los intereses estadounidenses primero. Sus fronteras, su industria, su energía, sus trabajadores, su seguridad. No es difícil entenderlo: ¿para quién debería gobernar un presidente de Estados Unidos sino para los estadounidenses?
La dificultad aparece cuando el interés y los principios dejan de caminar por la misma acera. Estados Unidos lleva décadas hablando de democracia, libertad, derechos individuales y oposición a regímenes autoritarios. Pero defender ideas cuesta: a veces dinero, a veces soldados, a veces alianzas incómodas, a veces decisiones que ningún elector quiere escuchar cuando llegan las facturas.
Irán vuelve a colocar esa contradicción sobre la mesa. Una potencia puede considerar inaceptable que un régimen totalitario tenga armas nucleares y, al mismo tiempo, descubrir que impedirlo tiene un precio. Porque la hegemonía tiene factura. Siempre la tuvo.
Queremos influencia sin muertos, liderazgo sin sacrificio, principios universales siempre que defenderlos no encarezca demasiado la gasolina. Tal vez no sea una contradicción exclusivamente estadounidense. Tal vez sea humana. Queremos gigantes, pero baratos.
Venezuela y la palabra que incomoda
Venezuela ofrece otra escena. Hay petróleo, hay necesidad, hay negociación, hay ventajas por conseguir. Así funcionan las potencias.
Por eso la palabra oportunismo merece cierta cautela. La distancia entre oportunismo y geopolítica suele ser pequeña, y a menudo depende de quién escribe la historia. Lo que para unos es pragmatismo, para otros es cinismo.
Pero hay algo que me sigue incomodando. En sectores de la política estadounidense donde la moral y los principios ocupan un lugar central, sorprende la facilidad con que una discusión puede reducirse a si Estados Unidos obtuvo o no un buen trato.
Y quizá la prueba sea más sencilla de lo que parece. Basta cambiar los nombres. Si China consiguiera condiciones extraordinariamente favorables sobre los recursos de una nación latinoamericana debilitada, probablemente aparecerían enseguida palabras como soberanía, dependencia e influencia imperial. Cuando la ventaja es nuestra, en cambio, solemos llamarla estrategia.
Tal vez ahí empiece la verdadera prueba de un principio: cuando deja de favorecernos. Un trato puede ser brillante para Washington y seguir siendo incómodo para Caracas. Puede ser legal y seguir siendo discutible. Puede ser inteligente y no necesariamente justo.
¿Qué significa «grande»?
Y otra vez volvemos a la misma palabra: grandeza.
Si grande significa conseguir para los tuyos el mejor trato posible, una política puede ser exitosa aunque incomode moralmente. Si significa mantener cierta coherencia entre valores e intereses, la evaluación será distinta. Si significa imponer condiciones, tendremos una respuesta. Si significa convertirse en un país cuya conducta otros desean imitar, necesitaremos otra regla.
Quizá MAGA tenga precisamente esa virtud y ese defecto de las grandes consignas: dice mucho sin definir demasiado. Cada cual puede colocar su propia América detrás de las cuatro letras. Y funciona. Funciona electoralmente, funciona emocionalmente, funciona porque apela a una nostalgia que no necesita explicar del todo a qué momento quiere regresar.
Pero construir una nación requiere bastante más que ganar una elección.
La división que ningún enemigo pudo lograr
Estados Unidos tiene además una dificultad que ningún enemigo extranjero parece haber conseguido resolverle, porque los propios estadounidenses se encargan de alimentarla: la división interna. Derecha contra izquierda, republicanos contra demócratas, conservadores contra progresistas. Dos países viviendo sobre el mismo territorio, sospechando cada uno que el otro intenta destruirlo. Cada bando habla del contrario como si se tratara de una ocupación extranjera.
Y ahí la palabra grandeza vuelve a hacerse incómoda. Porque la historia estadounidense no fue construida por una sola ideología. Hubo presidentes demócratas y republicanos, empresarios conservadores, intelectuales progresistas, soldados, inmigrantes, trabajadores, creyentes y ateos. Gente que probablemente nunca habría cenado voluntariamente en la misma mesa y que, sin embargo, terminó tirando del mismo carro.
La izquierda y la derecha pueden ocupar lados distintos. Pero siguen perteneciendo al mismo cuerpo. Un país que olvida eso puede ganar muchas discusiones y empezar a perderse a sí mismo.
Quizá la decadencia de una potencia no comience cuando produce menos acero o pierde una guerra. Quizá comienza cuando la mitad de sus ciudadanos deja de reconocer a la otra mitad como compatriotas.
La elegancia como forma de grandeza
Hay otra dimensión de la grandeza que para mí siempre tuvo peso: la elegancia de sus líderes. No hablo de trajes, corbatas ni discursos bien ensayados. Hablo de una elegancia más difícil: la de quien posee poder y no necesita exhibirlo a cada instante; la de quien puede derrotar a un adversario sin degradarlo; la de quien entiende que representar a una nación exige cierta disciplina de la palabra y la conciencia de que el cargo es más grande que la persona que lo ocupa.
Quizá hoy eso parezca secundario. Tal vez la política premie más la eficacia que la clase; tal vez importe más ganar, dominar el ciclo informativo y movilizar a los propios. Lo entiendo. Pero en mi idea de MAGA, las formas también cuentan.
Siempre pensé que una gran potencia debía producir líderes capaces no solo de imponerse, sino de inspirar respeto. Y hay una diferencia entre respeto y temor, igual que existe una diferencia entre autoridad y estridencia. También hay victorias que empequeñecen a quien las consigue.
Mi MAGA
Por eso, cuando pienso en hacer grande otra vez a Estados Unidos, no pienso únicamente en fronteras fuertes, industrias pujantes, superioridad militar o buenos acuerdos comerciales. Pienso también en un país admirable.
En dirigentes con la seguridad suficiente para no convertir cada discrepancia en una humillación y cada adversario en un enemigo personal. En una nación que pueda defender sus intereses sin hacer de la conveniencia su única moral. En una potencia capaz de usar la fuerza sin olvidar que no toda demostración de fuerza consiste en golpear. En líderes que entiendan que firmeza y clase no son palabras enemigas. En un país que quiera ser grande de verdad, no solo grande y barato.
Tal vez Trump tenga razón y Estados Unidos necesite recuperar algo. Solo espero que, cuando finalmente descubramos qué significa hacerlo grande otra vez, todavía recordemos aquello que alguna vez hizo que tantos, desde tan lejos, creyéramos que ya lo era.
Ese, al menos, es mi MAGA.