
Perú hace bien en aspirar a ingresar en la OCDE. Pero la presencia internacional solo tendrá valor si ayuda a enfrentar las deudas educativas pendientes dentro del país.
En 2029, estudiantes de distintos países entrarán en versiones simuladas de internet, redes sociales y herramientas de inteligencia artificial. Tendrán que distinguir una fuente confiable de una dudosa, reconocer sesgos y decidir cuándo una respuesta generada por una máquina merece crédito.
Es el nuevo dominio de alfabetización mediática e inteligencia artificial que PISA prepara para su próxima edición. El cambio es necesario: la IA ya interviene en la manera en que millones de estudiantes buscan información, redactan, resuelven tareas y aprenden. También en la manera en que algunos evitan aprender.
Perú participa desde hace años en PISA y aspira a ingresar en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, la OCDE. Quiere ocupar un lugar en la mesa donde se comparan resultados, se discuten políticas y comienzan a definirse algunas competencias educativas del futuro.
Es una aspiración legítima. También es una imagen incómoda.
Mientras empezamos a discutir cómo deben relacionarse nuestros estudiantes con la inteligencia artificial, aproximadamente la mitad de los jóvenes peruanos evaluados por PISA 2022 no alcanzó el nivel básico en lectura y ciencia. En matemática, la proporción se acercó a dos de cada tres.
El problema no es que Perú mire hacia el futuro. Debe hacerlo. El problema es celebrar el lugar al que queremos llegar sin mirar con la misma determinación lo que todavía necesitamos arreglar en casa.
La mesa a la que queremos llegar
PISA es el Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes. Lo organiza la OCDE y evalúa a jóvenes de 15 años para conocer no solo qué contenidos recuerdan, sino qué pueden hacer con sus conocimientos frente a problemas nuevos.
La OCDE reúne a 38 países que comparten información, comparan políticas y desarrollan estándares en áreas como economía, educación, tecnología y gobernanza. Perú todavía no es miembro. Se encuentra en un proceso de adhesión que supone revisiones y reformas en distintos ámbitos de la vida pública.
Ingresar puede ser beneficioso. Le permitiría contrastar sus políticas con estándares más exigentes y someter parte de su funcionamiento institucional a una revisión que no siempre resulta cómoda.
No cuestiono esa aspiración. Perú no debe conformarse con permanecer fuera de las conversaciones que están definiendo parte del futuro económico, tecnológico y educativo. Tiene capacidades y personas preparadas para ofrecer mucho más.
Pero pertenecer a una organización internacional no transforma automáticamente un país. La adhesión puede ayudarnos a cambiar, pero también puede producir una imagen de modernización que avance más rápido que la realidad.
Un asiento en la mesa no arregla la casa.
Medir no es transformar
Participar en PISA importa. La prueba permite reconocer tendencias y confrontar el discurso nacional con datos que no siempre resultan favorables. Los países con dificultades educativas necesitan mediciones capaces de mostrarles dónde están y quiénes continúan quedando atrás.
El desempeño peruano tampoco puede describirse únicamente como fracaso. La OCDE reconoce que Perú ha mejorado, en promedio, en lectura, matemática y ciencia desde que comenzó a participar.
Ese progreso merece reconocimiento. Pero no debe ocultar la magnitud de lo pendiente.
En PISA 2022, solo el 50 % de los estudiantes peruanos alcanzó o superó el nivel básico en lectura. En ciencia lo hizo el 47 %. En matemática, apenas el 34 %. Los datos muestran además una diferencia considerable entre escuelas públicas y privadas en cuanto a su preparación para el aprendizaje digital.
No estamos ante un problema que pueda reducirse a comprar computadoras o ampliar conexiones. La brecha también está en la calidad del entorno, la formación docente y la capacidad de convertir una herramienta tecnológica en una experiencia real de aprendizaje.
PISA puede mostrarnos esa distancia. No puede recorrerla por nosotros.
Una evaluación no repara una escuela, acompaña a un docente ni enseña a leer a un estudiante. Tampoco decide qué políticas deben sostenerse, cuáles deben corregirse y cuáles han consumido recursos sin producir los resultados prometidos.
Ese trabajo sigue siendo responsabilidad del país.
La tentación de parecer modernos
Es más fácil presentar una estrategia, adoptar un vocabulario nuevo o aparecer en un foro internacional que sostener durante años el trabajo menos visible: formar docentes, mejorar escuelas, acompañar comunidades y corregir aquello que no funciona.
Un país puede hablar de alfabetización en inteligencia artificial mientras muchos estudiantes todavía tienen dificultades para comprender un texto. Puede imaginar aulas digitales mientras persisten condiciones escolares inadecuadas. Puede promover el aprendizaje autónomo mientras numerosos docentes trabajan sin el acompañamiento o los recursos necesarios.
No existe contradicción entre arreglar las escuelas y preparar a los estudiantes para la inteligencia artificial. Ambas tareas deben avanzar desde ahora.
La contradicción aparece cuando la agenda más novedosa ocupa el espacio político y simbólico que debería ayudarnos a enfrentar las carencias fundamentales. Cuando participar en la conversación internacional empieza a confundirse con transformar el sistema nacional.
Perú no tiene que resolver todos sus problemas antes de ingresar en la OCDE. Ningún país llega a esa mesa con la casa completamente arreglada. El proceso de adhesión puede servir precisamente para detectar fallas, ordenar prioridades y elevar estándares.
Pero no deberíamos celebrar el asiento como si fuera una certificación anticipada de progreso.
Antes de confiar en una máquina
Para formular una buena pregunta a un sistema de IA, un estudiante necesita comprender qué está preguntando. Para evaluar la respuesta, necesita leer, comparar y reconocer contradicciones. Para detectar una invención, necesita conocimientos previos o saber cómo verificarla.
La IA no reduce la importancia de las competencias fundamentales. Las vuelve más urgentes.
Un estudiante con dificultades de lectura puede obtener una respuesta inmediata, pero estará en peores condiciones para determinar si es correcta. Quien no comprende el razonamiento matemático puede recibir un procedimiento completo sin reconocer el error. Quien no distingue una fuente de una opinión puede confundir fluidez verbal con verdad.
El riesgo no es solamente que algunos estudiantes carezcan de acceso a la IA. Es que muchos tengan acceso sin poseer las capacidades necesarias para gobernar su uso. En esas condiciones, la tecnología puede profundizar la desigualdad.
Por eso la alfabetización en IA no debe convertirse en una capa decorativa añadida a un sistema que todavía no ha resuelto sus bases. Debe integrarse con lectura, ciencia, matemática, ciudadanía, ética y aprendizaje autónomo.
La educación del futuro no comienza cuando entregamos a cada estudiante una herramienta nueva. Comienza cuando le damos el criterio necesario para no depender de ella.
Arreglar la casa para ocupar la mesa
Perú debe continuar su proceso de adhesión a la OCDE. Debe participar en PISA y entrar en la discusión mundial sobre educación e inteligencia artificial. Quedarse fuera no mejoraría una sola escuela.
Pero entrar tampoco la mejorará por sí solo.
Un lugar en la mesa adquiere sentido cuando ayuda a mirar mejor la casa; cuando las comparaciones regresan convertidas en decisiones y permiten identificar qué estudiantes están quedando atrás, dónde están y qué debemos cambiar para que aprendan.
Prepararse para PISA 2029 no debería significar entrenar a los estudiantes para responder una prueba nueva. Debería significar fortalecer desde ahora la lectura, el razonamiento, la formación docente y la capacidad de verificar información. También evitar que la alfabetización digital se convierta en otro privilegio reservado para quienes asisten a las escuelas con mayores recursos.
La prueba debería ser una consecuencia de la transformación, no su sustituto.
Perú merece ocupar un lugar importante en la conversación internacional por todo lo que puede aportar a la región y al mundo. Pero antes de celebrar el asiento, debemos preguntarnos qué estamos haciendo con la casa.
La OCDE puede elevar las exigencias. PISA puede medir la distancia. La inteligencia artificial puede abrir nuevas posibilidades. Ninguna asumirá las responsabilidades que nos corresponden.
Perú debe sentarse a la mesa. Pero debe hacerlo para aprender, comparar y regresar dispuesto a transformar.
Porque el verdadero progreso no consiste en que finalmente nos permitan entrar. Consiste en que ese ingreso encuentre al país trabajando seriamente para que sus estudiantes también puedan ocupar el lugar que merecen.
Fuentes
OCDE — PISA 2029 Media and Artificial Intelligence Literacy